Violencia normalizada, aprendida y justificada

POR ELENA

“Te amo, por eso exploto así contigo. Preocúpate cuando no lo haga, porque significa que ya no me importas más”. 

La frase con la que se abre esta nota se convirtió en el lema de una relación de pareja en la que el mito romántico se encarnó. De la misma manera en la que historias como La Bella y la Bestia nos han convencido de que es hermoso que una pareja te limite, te amedrente, te ordene qué hacer y qué no hacer, te haga a su medida, necesidad y gusto, el mito romántico ha penetrado nuestras conductas y nos ha llevado, incluso, a sentirnos culpables de querer decidir y sentirnos libres de decir “no”. 

Esto ha sido así porque, como resultado de una construcción errónea de la idea del amor, creemos que éste debe estar ataviado de importantes dosis de violencia, en cualquiera de sus formas; quizás algunas tan sutiles como compartir tu ubicación “para que te cuiden” u otras más notorias como insultos o golpes. 

“Romantizamos la violencia” y socialmente aceptamos una idea del amor que se aleja de la base principal: el amor propio. Como en una suerte de ecuación perjudicial, parece que los niveles de felicidad y placer que genera esta idea del amor son inversamente proporcionales al amor propio, los límites sanos, el respeto por una misma, la autonomía, la individualización y la conservación de la identidad. 

Así, vincular violencia y amor se ha convertido en una de las prácticas más comunes y su resultado ha sido una amalgama que mantiene vigentes múltiples relaciones interpersonales nada saludables. En este sentido, el mito romántico viene a despojar de su esencia a la individua y empuja a decidir desde el miedo: ¿qué miedos? a estar sola, a la represalias, al estigma social o a las consecuencias que el agresor pueda generar. 

A falta de denuncia y difusión de estas situaciones, un sinnúmero de casos e historias permanecen ocultas. Una de las evidencias más claras la aportan las estadísticas al respecto. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 88% de las mujeres que han sufrido algún tipo de actos violencia en pareja, no denunciaron porque “no es para tanto”, “me avergüenza qué pueden pensar de mí” o, en definitiva, “porque el amor todo lo puede y nosotros nos amamos”. 

Este silencio entre las víctimas obedece, en gran medida, a que existe lealtad tácita a las múltiples ideas que se tejen sobre la base del mito romántico: a sus celos, porque te ama; a su control, porque te ama; a la idea que tienes de una vida con esa pareja, a pesar de que la realidad grita lo contrario; a que su presencia completa tu vida, como si no te bastaras… en fin: a que amar implica una entrega total, a costa de ti misma. 

No obstante, este panorama no es definitivo. El mito romántico se abre ante nosotras como una Caja de Pandora de la que se asoman también herramientas que nos permitirán deconstruir esta idea y reingeniar patrones sanos para relaciones interpersonales en las que el amor propio sea el cimiento. Resignificar nuestra visión del amor es posible. Volver a nosotras mismas para entonces poder fluir hacia otras y otros, es posible. Amar desde la libertad será lo que, en últimas, nos permitirá hallar refugio seguro en nosotras mismas y vivir relaciones plenas sin perder nuestra identidad y propósito personales. 

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