Entré, busqué, me encontré

POR ELENA ARROYO

De acuerdo con la Real Academia Española, la autoestima se define como la “valoración generalmente positiva de sí mismo”. Una caracterización más amplia la aporta la psicoterapeuta Catherine Cardinal quien expone que la autoestima implica “aprender a confiar en uno mismo, confiar en nuestro instinto, desarrollar una conexión con nuestro cuerpo y escuchar el mensaje que nos envía”. 

La dicha del lenguaje es que nos permite explorar otras acepciones y sumar elementos nuevos a ciertas palabras; pues bien, en inglés se enriquece esta definición al incluir aspectos que permiten ampliar la comprensión: autoconfianza, autorrespeto y un tercer elemento que mucho cuesta e incluso es tan criticable: el automerecimiento de manera que podamos vivir en la conciencia de quiénes somos, qué queremos, qué necesitamos y a su vez, nos sintamos merecedoras de disfrutar quienes somos y lo que hacemos. 

Precisamente estos tres últimos pilares se convierten en el engranaje irrenunciable; la base de una autoestima saludable y fuerte es el autoconocimiento pero, ¡sí que cuesta y duele sentarte contigo misma para enterarte de todo lo que eres! Sin embargo, justo allí está el origen de relaciones más sanas, conexiones coherentes con nuestras necesidades. 

La escritora y psicoterapeuta Virginia Satir, de manera muy elocuente y acertada, lo expresó en el poema

“Mi Declaración de Autoestima”, así: “[…] Sé que tengo aspectos que me desconciertan y otros que desconozco. Pero mientras yo me estime y me quiera, puedo buscar con valor y optimismo soluciones para las incógnitas e ir descubriéndome cada vez más. Como quiera que parezca y suene, diga y haga lo que sea, piense y sienta en un momento dado, todo es parte de mi ser. Esto es real y presenta el lugar que ocupo en ese momento del tiempo. […]”.

Desde mi perspectiva y experiencia, autoestima es una decisión diaria de hacer un viaje consciente hacia una misma y, de forma muy intencional, sentarse con las zonas coloridas y también las grisáceas para comprender por qué, para qué y cómo. En este viaje me ha sido indispensable equiparme de herramientas, rodearme de maestras y maestros y echar mano a estrategias que aporten al propósito del viaje. En específico, decidir tomar terapia psicológica, fortalecer la red de amistades que aportan al proceso y aprender a marcar límites claros. Y cuando quizás resulta más complejo abrirse ante otras personas podemos usar otros recursos: podcasts como “Se Regalan Dudas” y el propio de “Cruces X Rosas”; libros como Los Dones de la Imperfección de Brené Brown, Hambre de Hombre de Anamar Orihuela o Hábitos Atómicos de James Clear.

Por otro lado, me he ocupado de ser más intencional en el contenido que permito en mis redes sociales, de manera que las use convenientemente y no acaben ellas conmigo al permitirles encasillarme en estereotipos dañinos. Otros hábitos saludables como la práctica de yoga, las caminatas en solitario, ir por un café, correr, han incentivado el amor propio al notar cuánto disfruto de mi propia compañía y, a su vez, me han llevado a disfrutar la de otros desde la libertad y no desde la necesidad de evitar la soledad.

Reconocer quiénes somos, qué necesitamos y validar esas necesidades nos lleva a un escenario en el que vivimos desde la consciencia, desde el amor propio y la libertad. No es allá afuera; es aquí, desde adentro, desde ti misma, porque eres suficiente y porque adentro existes para entonces fluir con certeza hacia afuera, hacia otras y otros, hacia tu camino.

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