Nuevo novio, nueva dieta

POR ANDY PAZ

Desde que tengo memoria la idea sobre el deber ser delgada me atormentó porque cuando creces gorda, todo el mundo se encarga de hacértelo saber y no sólo eso, no falta quien da consejos y recomendaciones porque nuestra gordofobia está tan internalizada que creemos que es buena idea presionar a las niñas sobre su cuerpo sin importar que esto devenga en problemas de salud, autoestima y la forma en cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo, con algo tan vital como los alimentos y por supuesto, con el entorno.

Cerca de los 8 años hice mi primera dieta… desde esa que se trata de únicamente comer sopa de col por 543 días y ¡pum!, cuerpazo (obviamente no sucedió), luego vinieron muchas más como tomar varios litros de agua al día para eliminar lo que mi cuerpo no necesitaba. Naturalmente la supresión de otros alimentos ya era una realidad y en la adolescencia expuesta a los videos de Britney Spears, a las revistas que compraba por montones (para conocer más dietas y comenzar a gustarle a los niños) y las telenovelas para adolescentes pasaban que por un momentazo, la romantización de los trastornos alimenticios era no sólo clara, sino profundamente clasista, porque “las chavitas bien eran bulímicas” y pues claro, caí. 

Aunque nunca fui obesa la tarea no la tenía fácil, entonces a las fuertes restricciones de comida se le sumó algo de ejercicio. Sí, comencé a perder tallas y sí, también los que me gustaban me correspondían; justo la motivación necesaria para ir por más aprobación masculina a través de mi cuerpo. Así como le fui subiendo de nivel a mi TCA (Trastorno Conducta Alimentaria) también comencé a entablar relaciones afectivas en las que únicamente buscaba sentirme validada socialmente porque era capaz de tener un cuerpo que le gustara a los hombres. Pocas veces logré entablar una relación “en serio” con alguien y siempre creí que era por mi peso, porque no le gustaba lo suficiente, sin considerar todo lo que afectivamente nunca me fue retribuido y que era la razón por la que yo misma, sin darme cuenta, me iba de donde nunca había nada. 

A diferencia de cuando era niña a ese momento, los comentarios ya no eran por gorda, sino por mi alimentación, el tiempo que le dedicaba al ejercicio y sobre cómo me obsesionaba con el tema del peso. Claro que sabía que de algo se daban cuenta pero me esforzaba por mantenerlo todo bajo control, o eso creía, porque cuando “descubrí” en un test médico que mis problemas en serio habían llegado lejos me derrumbé. Busque ayuda profesional y en el Centro Tria donde se dedican a llevar de forma profesional estos problemas encontré ayuda psicológica, aunque a la par me engañaba buscando entrenamientos más duros y planes de alimentación que me ayudaran a perder peso sin tener que recurrir a vomitar o usar laxantes para compensar los atracones.

Dejé la terapia cuando creí que aceptando que tenía un problema no sólo de salud sino psicológico era lo que me iba a mantener a flote. Entre tanto, terminé una relación por demás tormentosa y decidí hacer un detox total: ahora sí, nada de hombres y una nueva yo para una nueva etapa. La verdad es que ese detox sólo agravó mi bulimia y anorexia, lo que me llevó a enfrentarme a un cuadro clínico que literalmente era de vida o muerte, el extremo más fuerte y brutal al que se puede llegar en pro de un cuerpo digno de ser amado. 

El tratamiento médico y acompañamiento psicológico son pilares no sólo para sobrevivir, también para aprender a vivir, para echar el cuerpo a andar y recomponerse de los daños insospechados que a lo largo de años se le acumulan, pero lo que hoy por hoy me mantiene sana y me da siempre una nueva perspectiva de vida sobre todo lo que creía es el feminismo. Practicarlo más allá de la teoría de la mano de mis amigas y de otras mujeres que han liberado su cuerpo de tantas heridas es saber que no estamos solas, es acompañarnos y hacernos fuertes para romper con todos los discursos de odio que nos atraviesan de distintas formas.

Por primera vez entendí que la relación amorosa más importante que tengo es conmigo recordando algunos tips esenciales: 

  • Con paciencia: todos los cambios toman tiempo y las formas de llegar a donde queremos pueden mutar en el proceso.  
  • Con amor: hablarse bonito funciona, cada parte de nuestro ser está tan viva, que es real que somos el resultado de nuestros pensamientos.
  • Sin juicio: somos más que un cuerpo. Valemos más que una talla. Nadie tiene derecho a opinar sobre cómo nos vemos. 

Hoy, luego de varios años en recuperación, -porque el TCA es traicionero y hay que estar alerta porque no hay una cura-  he logrado habitarme, conectarme con mi cuerpo, perdonarme, volverme a construir para vivir en paz conmigo y amar cada centímetro de piel. Que todo esto se refleje en una relación afectiva sana tampoco es fácil, constantemente hay que estar pisando el discurso que nos dice que somos las mujeres quienes tenemos la responsabilidad absoluta de darle al hombre todas las satisfacciones y poner por encima de todo la estabilidad emocional y mental propia. 

“No viniste al mundo odiando tu cuerpo; fuiste aprendiendo a hacerlo”, ha sido una de las frases más reales que sentí y vi en acuerpadamx, la cuenta de Instagram de un proyecto que imparte talleres sobre alimentación intuitiva además de consultas psicológicas y cursos en línea y así como esta, hay otras más comocroquetamente__, weloversize y stopgordofobiaoficial, son sólo algunas de las que hacen una labor destacable por la normalización de los cuerpos y concientización sobre la salud mental respecto a TCA. 

Si estás pasando por una situación en la que hay que pedir ayuda, creas que la necesites o no, en Centro Tria siempre podrás contar con el apoyo de un especialista que te haga pasar por este momento de forma menos dolorosa. 

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